No dejo de pensar sobre la interacción social. Y la verdad, no me está llevando a nada. Se me da fatal. Al parecer, pensar no sirve de mucho. Al entrar al blog no he podido evitar darme cuenta de que viene al hilo de la entrada anterior. Quién sabe, quizá algún día evolucione lo suficiente como para poder ser un ser socialmente integrado de nuevo... No lo creo.
Doy muchas vueltas a todo, no es sólo que sea perfeccionista, es que soy perfeccionista en la comprensión de las cosas; cada vez que me encuentro ante una situación que me sorprende o me desconcierta me veo en la necesidad de analizarla hasta entenderla al detalle. No dejo de pensar en algo hasta que lo entiendo, hasta que lo ajusto a mi propia estructura mental, o hasta que mi estructura mental se ajusta a ello. Entender no es más que eso, conseguir encajar el mundo exterior con tu propio mundo interior, por decirlo de alguna manera. Poco más o menos, lo que hacen los niños de 2 años con esos juegos de meter piezas en una caja según la forma que tengan, ya sabéis, esos en los que hay un círculo, un cuadrado, un triángulo y una estrella, y una cajita con sus respectivas formas. Así somos, así de simples. ¿Y qué pasa cuando tienes fichas que no encajan? Pues que te vuelves loco, eso pasa. En mi caso, hasta los límites de la resistencia humana. Vamos, que ni Cthulhu podría hacerme perder tantos puntos de cordura.
Y tienes dos opciones, o renuncias a las formas que tenías, y adaptas tu pequeño universo interno a las piezas que la vida te tira a la cabeza, o se las lanzas de vuelta. Bueno, existe una tercera opción, que es la de apartarlas disimuladamente en el cajón de sastre que tenemos todos al lado de nuestra caja mental principal, y que ignoraremos condescendiente y disimuladamente. Pero esa opción se me da aún peor, así que por ahora la voy a ignorar.
Esto es, grosso modo, en lo que consiste la interacción social. Juro que la analogía lúdica no la tenía preparada, de ahí que esté quedando tan peregrina, pero me vale. Somos un montón de gente, arrojándonos piezas unos a otros, y cuando encajan, esto te hace sentirte cercano a esa otra persona que coincide con tu propia disposición de piezas y ranuras. Obviamente, de jóvenes somos más plásticos, y nos adaptamos con mayor facilidad, somos capaces de cambiar nuestra disposición interna, sin que esto nos parezca especialmente llamativo y milagroso. Que lo es. Pero más pronto que tarde, aprendemos que ciertas piezas, simplemente, no son aceptables, son errores, están mal. Que nuestra disposición es la correcta, y que esa gente que no lo ve, esa gente... esa gente es idiota, ¡qué leches! Así que no queremos verlos más. No voy a meterme ahora con la validez de este comportamiento, es un instinto profundamente arraigado en el ser humano del que no me apetece discutir porque tengo otra cosa en mente.
¿Qué ocurre cuando aquella otra gente con la que creíamos encajar nos sorprende, sin previo aviso, con piezas incomprensibles, inconexas, inaceptables? ¿Qué pasa cuando no vemos el mundo a través de la misma ranura?
Hace un momento estaba ojeando algunas conferencias del TED. Para los que no lo conozcáis, bajo el lema "Ideas worth spreading" (ideas dignas de darse a conocer), es un encuentro de conferenciantes de todo tipo, que se celebra dos veces al año, y se dedica a dar la posibilidad a una gran variedad de gente, de dar a conocer ideas innovadoras sobre diferentes áreas: tecnología, entretenimiento, diseño, educación, medicina, política, economía... El caso es que de vez en cuando paso por su web para ojear algunas conferencias sueltas, y di con una hablante, Kathryn Schulz, que tenía dos charlas interesantes, una a propósito del remordimiento, y la que más me interesa en este momento, sobre estar equivocado (links en inglés).
Schulz comenta cómo la sensación de estar equivocados se da sólo en pasado. Nos damos cuenta de haber estado equivocados. Pero jamás estamos equivocados en presente. Sabemos que ocurre, sí, pero es una opción que no se contempla en el momento en que discutimos con alguien. De hecho, los que me conocéis sabréis que no soporto esas discusiones en las que la gente dice aquello de "es mi punto de vista" o "corrígeme si me equivoco". ¿Acaso no iba a ser así de todas maneras? ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué íbamos a discutir si no es, precisamente, porque nuestros puntos de vista difieren, y no estamos dispuestos a renunciar a ellos así a bote pronto?
Pero, a pesar de ser tan simple, con sus ranuras y sus piezas de colores, la interacción social, al menos para mí, dista mucho de ser sencilla. Insisto aquí en la idea de que la simpleza no garantiza la sencillez. El mecanismo en sí no es complejo, pero nadie diría por las discusiones que se dan a diario en todo patio de vecinos, que no es complicado interactuar socialmente. ¿Y esto por qué? Pues porque esas piezas que nos encontramos, nos resultan inadmisibles, no entran en nuestras cabezas. Y porque no estamos equivocados, nunca estamos equivocados.
Es curioso cómo todos tenemos la sensación de que nuestra visión del mundo coincide con lo que el mundo es. No importa cuán consciente pueda uno ser de la falibilidad del conocimiento o de la percepción humana, cuánto Descartes o cuánto Hume haya tragado en largas noches de elucubración. A la hora de enfrentarse al otro, no habrá más enfoque que aquel que determina que nuestra visión es la correcta. Por supuesto, a veces somos capaces de superar nuestros instintos, de discutir civilizadamente y llegar a conclusiones nuevas y sorprendentes; pero nunca en una materia que nos importe. Sobre todo, que nadie se atreva a meterse con mi equipo, poco más o menos.
Lo trágico de todo ello es que, cual Edipo del montón, aunque sabemos que va a ocurrir, no podemos evitarlo. Lo triste, es que queramos evitarlo. Lo increíble, que de ello aprendamos las mayores lecciones de la vida. Nadie ha sabido reflejar mejor la dualidad desgarradora del ser humano que los antiguos dramaturgos griegos. Sólo espero que esta dimensión edípica no requiera arrancarnos los ojos para poder ver, sino que seamos capaces de aprender a reconocer que las disputas son la manera necesaria en que la humanidad ha venido viviendo en sociedad hasta nuestros días, "tan sólo" a costa del sentimiento de apertenencia que generan estas situaciones, de desunión, de disociación social.
Decía Aristóteles que el hombre es un animal político. Por supuesto, él matizaba bastante la definición de hombre pero, acercándola a la que manejamos usualmente en nuestros días, esto lleva a una serie curiosa de conclusiones. La primera es que una sociedad perfecta y en paz no es posible. La disputa es la forma básica de interacción social, desde la infancia hasta la vejez, desde el nacimiento hasta la muerte. Arrojar piezas a los demás, tan pedestre como pueda sonar, es la manera en que encontramos afinidades, así como desacuerdos. La segunda conclusión, es que una sociedad perfecta y en paz no es deseable. Una sociedad en paz es una sociedad muerta, es una sociedad que no evoluciona, es una sociedad que no está equivocada, y por ende, una sociedad que no tiene nada que aprender. Pero la vida humana es un proceso de aprendizaje, y una sociedad que no contempla el aprendizaje, es una sociedad inhumana. Estamos equivocados, y nos enfadamos, y nos peleamos... y es maravilloso, aunque nos duela.
Nonsense!
Colección privada de tonterías e interpretaciones retroactivas. Entre aquí bajo su propia responsabilidad...
jueves, 29 de diciembre de 2011
viernes, 4 de noviembre de 2011
La palabra crítica
- No lo tomaré si no es estrictamente necesario
- Tu definición de necesario es muy versátil
- ... ... ... jadjnkñaerjñoae´hgrohoiár >"<!!!!!
- ¿Tú no estabas contenta cuando has entrado por la puerta? :O
- Lo estaba antes de que me dijeras esas gilipolleces tuyas > <'
- ... ... ... ah.
Los emoticonos no terminan de ser apropiados en la transcripción, pero me ha parecido la forma más rápida y eficaz de dar un contexto emocional al diálogo.
Fue en ese preciso momento, o más concretamente, en el pesado silencio que siguió a esta pequeña conversación, cuando se me ocurrió que tenía que escribir esta entrada, y que habría de titularse así, "La palabra crítica".
Desde ese primer instante de clarividencia en que todo blogger ve nacer y crecer su post en su cabecita soñadora de blogger, la idea y el post en sí mismo, por supuesto, han cambiado y han evolucionado bastante. Por supuesto, porque desde que lo pensé hasta ahora habrán pasado sus buenas dos semanitas, como mínimo, y un sinfín de acontecimientos notables y memorables.
Pero partamos de la base que llamó mi atención en ese momento, que sigue siendo una buena raíz para todo esto. Es un hecho de unos cuantos conocido, mi asombrosa habilidad para liarla parda en apenas una frase, y a veces, incluso, en una sola palabra. A eso es a lo que he querido llamar "la palabra crítica". En el ejemplo anterior, por remitirnos a algo concreto, la versatilidad de un concepto de uso frecuente e indiscriminado como tantos otros. Lo siento por mis escasos lectores, pero me vais a permitir ponerme analítica por un momento.
Todo el razonamiento parecía basarse en el concepto de necesidad, que a mí, personalmente, y tal como se estaba utilizando, me chirriaba cual bisagra oxidada. Yo no tengo gran cosa en contra de los conceptos, son algo muy útil, pero si se van a utilizar para argumentar y además así a lo bruto, en una argumentación de un único paso, me gusta que sean claros, concisos, y para toda la familia. Llamadme tiquismiquis si queréis. En cualquier caso, al parecer, resulta que no está socialmente permitido ser analítico con respecto a los razonamientos de perogrullo, o eso descubrí yo al encontrarme con el cabreo monumental e instantáneo que desencadenó mi llana respuesta. Os juro que lo dije sin maldad, pero no pude evitarlo, todo el razonamiento se desbarató inmediatamente al desacreditar el concepto de necesidad, sí, pero es que no tenía crédito alguno desde el principio. Y eso que decir de él que era versátil fue lo más políticamente correcto que se me ocurrió en ese momento. Lo que me llevó al siguiente descubrimiento de la temporada: señalar esas cosas, por más inocentemente que se haga, sigue sin estar socialmente admitido.
Si alguno esperaba aún una revelación deslumbrante en este punto, me temo que no la va a encontrar. Yo sigo, al menos en esta parte del comportamiento social, más perdida que un pulpo en un garaje. Pero ya que este blog lo hice ex profeso para poder hablar de cuanto me venga en gana, eso no me impide seguir reflexionando impunemente y en voz alta sobre el tema, y sobre las perogrulladas sociales.
Durante los últimos tiempos he descubierto que no sólo la palabra crítica hiere sensibilidades, sino también el silencio crítico. Y digo sensibilidades por ser amable, sensiblonerías sería un término mucho más apropiado, pero la RAE aún no lo ha admitido... un poco de tiempo y seguro que cuela. En cuanto al silencio crítico, es este último una modalidad que me tiene aún más fascinada. Resulta que si decides ser una persona profundamente cívica y superas las indescriptibles barreras de autocontrol que se necesitan para no reírte en la cara de soplapolleces del estilo, encuentras a la cima de todos tus esfuerzos, más o menos la misma reacción. Lo siento chicos, el silencio crítico es igual de elocuente que la palabra crítica, no tenemos solución, qué le vamos a hacer. En este caso, y porque lo tengo reciente, ocupa mi mente un ejemplo bastante más controvertido, candente y de rabiosa actualidad. (Nótese que quiero decir todos y cada uno de los adjetivos que escribo, gracias).
No diré que haya hecho un gran trabajo de campo. Una es urbanita de nacimiento y por vocación, y se cansa de los animalitos de campo bien rápido, pero sí que en un momento de euforia colectiva me dejé arrastrar como tantos otros, y me INDIGNÉ, así, con mayúsculas, porque no todos los días sale una y se comporta como una persona sociable. Todo un acontecimiento, oigan. El problema vino después, resultó que el resto de animalitos sociales y sociables esperaban de una que fuera ya una parte integrante (y más específicamente, integrada) del rebaño. Vaya, esto no me lo habían advertido. Y cuando, tras argumentaciones de perogrullo llegó el elocuente silencio crítico... ¿lo adivinan? Pues sí, sin comerlo ni beberlo volvimos a encontrarnos con el cabreo monumental e instantáneo que a estas alturas de la historia podría considerarse ya un bicho para subir niveles del Final Fantasy como mínimo.
Y es que, vamos a ver señores. A mí me parece muy bien que se indignen ustedes todo lo que quieran. Y me parece precioso que se haya abierto un espacio físico urbano para el debate ciudadano, así, cual ágora clásica, sinceramente. Pero de verdad, de verdad de la buena, ¿es realmente necesario que todos y cada uno de ustedes se crean por ello en su derecho de decir cuanta soplapollez se les pasa entre oreja y oreja y torturarnos con ellas? Me van a permitir que no me incluya en este grupo, no porque una no diga soplapolleces del tamaño de una catedral, que las dice, y muchas, sino sólo y exclusivamente porque no me integré en la manada de los indignados de nuestros días.
En cualquier caso, no tardé mucho en encontrar la solución a este problema. Deja de indignarse una en alegre comunión con el resto de indignados del barrio, y ya está, no tiene que oírlos arreglar el mundo, ¿no? Pues no. Nada más lejos de la realidad. Porque resulta que si no se indigna una el alegre comunión y comunidad, pues se indignan aún más. Y ya puestos, he decidido que sería una buena idea fundar Indiglandia en este país que ya ni es país ni es nada, desde el momento en que callar por desconocimiento reconocido es un crimen mucho peor que soltar gilipolleces a diestro y siniestro al amparo de la sacrosanta indignación.
Y por último, para mi sorpresa, encontré la semana pasada unas cuantas respuestas a toda esta incomprensión social mía, fíjense ustedes, en una formación laboral. Miren que tampoco es que hiciera buenas migas con el formador, pero al César lo que es del César: he de reconocerle que hasta a fecha nadie me había dado una explicación de la misteriosa aparición de los cabreos monumentales instantáneos en mi vida que me convenciera tanto como la que me dio él. No deja de ser algo que ya sospechaba, pero me faltaban unas cuantas claves. El mayor problema de la incomprensión social no es ya la incompatibilidad de caracteres o el hecho de que a mi vecino y a mí nos gusten y nos disgusten distintas cosas. Lo realmente trascendental en todo esto es, a mi modo de ver, el problema de las referencias. Y por ende, el de los conceptos, que me traía a mí por la calle de la amargura. Porque una puede ser más o menos cafre (más más que menos, para qué negarlo), y desde luego no es un dechado de virtudes sociales, pero tampoco es el monstruo del lago Ness. Así que, ¿qué era el misterioso desencadenante de todo esto? Pues nada más y nada menos que la inseguridad que genera el no tener ni puñetera idea de qué le están hablando a uno y qué respuesta se espera de uno. Y molesta, vaya que si molesta, no sabía yo cuánto.
Así que, en conclusión, a aquellos a quienes haya molestado o a quienes vaya a molestar en el futuro: sepan que lo hago muchas veces por puro desconocimiento, pero que no por ello dejo de querer decir lo que digo. Eso sí, al menos esto he sacado en claro, ahora ya sé un poquito más de este gran misterio que es para mí la vida social. Quién sabe, quizá algún día aprenda de una maldita vez alguna habilidad social y consiga dejar de complicarme la vida sin necesidad alguna. Quién sabe.
Otro día hablaremos del solipsismo, y del problema de los conceptos y de las referencias más tranquilamente. Pero por hoy ya basta de torturar al personal. Que descansen ustedes, y sueñen con el mundo arreglado que más les plazca.
- Tu definición de necesario es muy versátil
- ... ... ... jadjnkñaerjñoae´hgrohoiár >"<!!!!!
- ¿Tú no estabas contenta cuando has entrado por la puerta? :O
- Lo estaba antes de que me dijeras esas gilipolleces tuyas > <'
- ... ... ... ah.
Los emoticonos no terminan de ser apropiados en la transcripción, pero me ha parecido la forma más rápida y eficaz de dar un contexto emocional al diálogo.
Fue en ese preciso momento, o más concretamente, en el pesado silencio que siguió a esta pequeña conversación, cuando se me ocurrió que tenía que escribir esta entrada, y que habría de titularse así, "La palabra crítica".
Desde ese primer instante de clarividencia en que todo blogger ve nacer y crecer su post en su cabecita soñadora de blogger, la idea y el post en sí mismo, por supuesto, han cambiado y han evolucionado bastante. Por supuesto, porque desde que lo pensé hasta ahora habrán pasado sus buenas dos semanitas, como mínimo, y un sinfín de acontecimientos notables y memorables.
Pero partamos de la base que llamó mi atención en ese momento, que sigue siendo una buena raíz para todo esto. Es un hecho de unos cuantos conocido, mi asombrosa habilidad para liarla parda en apenas una frase, y a veces, incluso, en una sola palabra. A eso es a lo que he querido llamar "la palabra crítica". En el ejemplo anterior, por remitirnos a algo concreto, la versatilidad de un concepto de uso frecuente e indiscriminado como tantos otros. Lo siento por mis escasos lectores, pero me vais a permitir ponerme analítica por un momento.
Todo el razonamiento parecía basarse en el concepto de necesidad, que a mí, personalmente, y tal como se estaba utilizando, me chirriaba cual bisagra oxidada. Yo no tengo gran cosa en contra de los conceptos, son algo muy útil, pero si se van a utilizar para argumentar y además así a lo bruto, en una argumentación de un único paso, me gusta que sean claros, concisos, y para toda la familia. Llamadme tiquismiquis si queréis. En cualquier caso, al parecer, resulta que no está socialmente permitido ser analítico con respecto a los razonamientos de perogrullo, o eso descubrí yo al encontrarme con el cabreo monumental e instantáneo que desencadenó mi llana respuesta. Os juro que lo dije sin maldad, pero no pude evitarlo, todo el razonamiento se desbarató inmediatamente al desacreditar el concepto de necesidad, sí, pero es que no tenía crédito alguno desde el principio. Y eso que decir de él que era versátil fue lo más políticamente correcto que se me ocurrió en ese momento. Lo que me llevó al siguiente descubrimiento de la temporada: señalar esas cosas, por más inocentemente que se haga, sigue sin estar socialmente admitido.
Si alguno esperaba aún una revelación deslumbrante en este punto, me temo que no la va a encontrar. Yo sigo, al menos en esta parte del comportamiento social, más perdida que un pulpo en un garaje. Pero ya que este blog lo hice ex profeso para poder hablar de cuanto me venga en gana, eso no me impide seguir reflexionando impunemente y en voz alta sobre el tema, y sobre las perogrulladas sociales.
Durante los últimos tiempos he descubierto que no sólo la palabra crítica hiere sensibilidades, sino también el silencio crítico. Y digo sensibilidades por ser amable, sensiblonerías sería un término mucho más apropiado, pero la RAE aún no lo ha admitido... un poco de tiempo y seguro que cuela. En cuanto al silencio crítico, es este último una modalidad que me tiene aún más fascinada. Resulta que si decides ser una persona profundamente cívica y superas las indescriptibles barreras de autocontrol que se necesitan para no reírte en la cara de soplapolleces del estilo, encuentras a la cima de todos tus esfuerzos, más o menos la misma reacción. Lo siento chicos, el silencio crítico es igual de elocuente que la palabra crítica, no tenemos solución, qué le vamos a hacer. En este caso, y porque lo tengo reciente, ocupa mi mente un ejemplo bastante más controvertido, candente y de rabiosa actualidad. (Nótese que quiero decir todos y cada uno de los adjetivos que escribo, gracias).
No diré que haya hecho un gran trabajo de campo. Una es urbanita de nacimiento y por vocación, y se cansa de los animalitos de campo bien rápido, pero sí que en un momento de euforia colectiva me dejé arrastrar como tantos otros, y me INDIGNÉ, así, con mayúsculas, porque no todos los días sale una y se comporta como una persona sociable. Todo un acontecimiento, oigan. El problema vino después, resultó que el resto de animalitos sociales y sociables esperaban de una que fuera ya una parte integrante (y más específicamente, integrada) del rebaño. Vaya, esto no me lo habían advertido. Y cuando, tras argumentaciones de perogrullo llegó el elocuente silencio crítico... ¿lo adivinan? Pues sí, sin comerlo ni beberlo volvimos a encontrarnos con el cabreo monumental e instantáneo que a estas alturas de la historia podría considerarse ya un bicho para subir niveles del Final Fantasy como mínimo.
Y es que, vamos a ver señores. A mí me parece muy bien que se indignen ustedes todo lo que quieran. Y me parece precioso que se haya abierto un espacio físico urbano para el debate ciudadano, así, cual ágora clásica, sinceramente. Pero de verdad, de verdad de la buena, ¿es realmente necesario que todos y cada uno de ustedes se crean por ello en su derecho de decir cuanta soplapollez se les pasa entre oreja y oreja y torturarnos con ellas? Me van a permitir que no me incluya en este grupo, no porque una no diga soplapolleces del tamaño de una catedral, que las dice, y muchas, sino sólo y exclusivamente porque no me integré en la manada de los indignados de nuestros días.
En cualquier caso, no tardé mucho en encontrar la solución a este problema. Deja de indignarse una en alegre comunión con el resto de indignados del barrio, y ya está, no tiene que oírlos arreglar el mundo, ¿no? Pues no. Nada más lejos de la realidad. Porque resulta que si no se indigna una el alegre comunión y comunidad, pues se indignan aún más. Y ya puestos, he decidido que sería una buena idea fundar Indiglandia en este país que ya ni es país ni es nada, desde el momento en que callar por desconocimiento reconocido es un crimen mucho peor que soltar gilipolleces a diestro y siniestro al amparo de la sacrosanta indignación.
Y por último, para mi sorpresa, encontré la semana pasada unas cuantas respuestas a toda esta incomprensión social mía, fíjense ustedes, en una formación laboral. Miren que tampoco es que hiciera buenas migas con el formador, pero al César lo que es del César: he de reconocerle que hasta a fecha nadie me había dado una explicación de la misteriosa aparición de los cabreos monumentales instantáneos en mi vida que me convenciera tanto como la que me dio él. No deja de ser algo que ya sospechaba, pero me faltaban unas cuantas claves. El mayor problema de la incomprensión social no es ya la incompatibilidad de caracteres o el hecho de que a mi vecino y a mí nos gusten y nos disgusten distintas cosas. Lo realmente trascendental en todo esto es, a mi modo de ver, el problema de las referencias. Y por ende, el de los conceptos, que me traía a mí por la calle de la amargura. Porque una puede ser más o menos cafre (más más que menos, para qué negarlo), y desde luego no es un dechado de virtudes sociales, pero tampoco es el monstruo del lago Ness. Así que, ¿qué era el misterioso desencadenante de todo esto? Pues nada más y nada menos que la inseguridad que genera el no tener ni puñetera idea de qué le están hablando a uno y qué respuesta se espera de uno. Y molesta, vaya que si molesta, no sabía yo cuánto.
Así que, en conclusión, a aquellos a quienes haya molestado o a quienes vaya a molestar en el futuro: sepan que lo hago muchas veces por puro desconocimiento, pero que no por ello dejo de querer decir lo que digo. Eso sí, al menos esto he sacado en claro, ahora ya sé un poquito más de este gran misterio que es para mí la vida social. Quién sabe, quizá algún día aprenda de una maldita vez alguna habilidad social y consiga dejar de complicarme la vida sin necesidad alguna. Quién sabe.
Otro día hablaremos del solipsismo, y del problema de los conceptos y de las referencias más tranquilamente. Pero por hoy ya basta de torturar al personal. Que descansen ustedes, y sueñen con el mundo arreglado que más les plazca.
sábado, 22 de octubre de 2011
Comencemos
Debo de llevar al menos cuatro o cinco años diciendo que voy a hacer un blog. No está mal, parece que me lo he tomado con calma. Tanto que ya pensaba que no lo haría nunca. Pero luego están la crisis, y el paro, y el infinito tiempo libre, y finalmente un rampazo de inspiración nocturna, y ¡eureka! ¡Habemus blog!
Qué decir. Lo que decimos todos en una primera entrada supongo. Aunque, ya que este va a ser mi dominio particular de tonterías varias, me voy a permitir la licencia de advertir al incauto lector desde el principio que no, no pienso actualizar regularmente el blog. Simplemente, porque no pienso regularmente. Cansa mucho. Una piensa como a trompicones, casi como se levanta de la cama.
Pongámonos novelescos por un momento. Hubo una vez un lugar en el que una frase se hizo "frase hecha". No tengo muy claro cómo puede hacerse hecha una frase, pero el caso es que estas cosas pasan, a veces uno presencia el nacimiento de un pequeño ente lingüístico, nuestra pequeña creación, a quien todos ayudamos a dar forma. Algunos puede que lo hayáis sufrido, otros lo habréis lanzado cual arma definitiva para resolver cualquier situación. A otros no os sonará de nada y os importará aún menos, pero como hemos dicho, este es mi blog y digo todas las sandeces que me apetecen. Nuestro pequeño se llamaba "Os odio a ti y a tu lógica aplastante". No era su nombre, claro, pero tampoco es que uno se pare a llamar a una frase por su nombre. Ni a poner nombre a las frases, ya que lo mencionamos. Excepto los lógicos, esos sí, pero esa gente no es de fiar.
En resumen, este será mi rincón de las ideas, sin ninguna garantía. Muchas serán irrelevantes, otras tantas irrisorias y banales, algunas resultarán probablemente un insulto a la inteligencia humana, y tal vez, sólo tal vez, algunas serán geniales. Tampoco es que tengamos en alta estima por aquí a la inteligencia humana, así que no nos molestaremos demasiado. Pero lo que sí podemos asegurar es el uso indiscriminado e inoportuno de la lógica cuando ésta moleste, y el uso de nuestra pequeña arma de destrucción de discusiones cuando seamos molestados. Aquí sólo contemplamos dos maneras de terminar una discusión: la primera es nuestra pequeña creación, y la segunda el título de este blog.
Siéntanse libres de pasar a curiosear cuando y cuanto quieran, de quedarse hasta que se aburran (o no), y de dar un portazo al salir quienes lo consideren oportuno.
Bienvenidos a Nonsense!
Qué decir. Lo que decimos todos en una primera entrada supongo. Aunque, ya que este va a ser mi dominio particular de tonterías varias, me voy a permitir la licencia de advertir al incauto lector desde el principio que no, no pienso actualizar regularmente el blog. Simplemente, porque no pienso regularmente. Cansa mucho. Una piensa como a trompicones, casi como se levanta de la cama.
Pongámonos novelescos por un momento. Hubo una vez un lugar en el que una frase se hizo "frase hecha". No tengo muy claro cómo puede hacerse hecha una frase, pero el caso es que estas cosas pasan, a veces uno presencia el nacimiento de un pequeño ente lingüístico, nuestra pequeña creación, a quien todos ayudamos a dar forma. Algunos puede que lo hayáis sufrido, otros lo habréis lanzado cual arma definitiva para resolver cualquier situación. A otros no os sonará de nada y os importará aún menos, pero como hemos dicho, este es mi blog y digo todas las sandeces que me apetecen. Nuestro pequeño se llamaba "Os odio a ti y a tu lógica aplastante". No era su nombre, claro, pero tampoco es que uno se pare a llamar a una frase por su nombre. Ni a poner nombre a las frases, ya que lo mencionamos. Excepto los lógicos, esos sí, pero esa gente no es de fiar.
En resumen, este será mi rincón de las ideas, sin ninguna garantía. Muchas serán irrelevantes, otras tantas irrisorias y banales, algunas resultarán probablemente un insulto a la inteligencia humana, y tal vez, sólo tal vez, algunas serán geniales. Tampoco es que tengamos en alta estima por aquí a la inteligencia humana, así que no nos molestaremos demasiado. Pero lo que sí podemos asegurar es el uso indiscriminado e inoportuno de la lógica cuando ésta moleste, y el uso de nuestra pequeña arma de destrucción de discusiones cuando seamos molestados. Aquí sólo contemplamos dos maneras de terminar una discusión: la primera es nuestra pequeña creación, y la segunda el título de este blog.
Siéntanse libres de pasar a curiosear cuando y cuanto quieran, de quedarse hasta que se aburran (o no), y de dar un portazo al salir quienes lo consideren oportuno.
Bienvenidos a Nonsense!
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